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viernes, 22 de julio de 2016

La experiencia de Mujeres Libres: 80 años del surgimiento del feminismo anarquista organizado

“Si de veras queremos la revolución social, no olvidemos que su principio primero está en la igualdad económica y política, no solo de las clases sino de los sexos”, en “El problema sexual y la revolución de los sexos”
Revista Mujeres Libres, n°9.


Ya han pasado 80 años del inicio de la Guerra civil Española y de la mayor experiencia histórica del movimiento anarquista. Para algunas autoras como Susan Brown y Peggy Kornneger el anarquismo al constituirse como una filosofía política que se opone a todas las relaciones de poder forzadas o coactivas, debería ser intrínsecamente feminista. Su originalidad teórica reside especialmente en su visión política y en no ser una corriente dogmática, por lo que se pueden encontrar una amplia gama de planteamientos libertarios al respecto de lo que es el feminismo, la posición de la mujer y la feminidad.

Sin embargo, las prácticas machistas en el movimiento revolucionario anarquista y socialista eran cotidianas en la época de la Guerra Civil Española. Por este motivo diversas mujeres pertenecientes a las organizaciones del movimiento libertario –CNT, FAI y JJLL- deciden crear una organización propia y autónoma. “Mujeres Libres”, según la investigadora feminista Mary Nash -pionera en el estudio de esta agrupación-; “tanto la organización como la revista con el mismo nombre, tienen una naturaleza feminista además de anarquista, ya que reivindicaban la liberación de las mujeres como consecuencia de su papel de subordinación con respecto a los hombres” (1).

Dentro del anarquismo social hay dos grandes teóricos clásicos que representan dos corrientes opuestas en torno a la liberación de la mujer. Por un lado estaba Proudhon, quien en su momento interpeló fuertemente a las feministas por atacar la familia como reproductora de la opresión de la mujer, pues para él esta era la institución que más encarnaba la justicia, por lo tanto quienes seguían su postura no consideraban atingente la conformación de Mujeres Libres, pues afirmaban que dividía al movimiento y que el lugar de la mujer era al lado de los revolucionarios, pero reproduciendo su rol histórico en el hogar y en la cocina. Por otro lado, estaba la concepción “bakuninista” que sí apoyaba la lucha de las mujeres y comprendía que la emancipación de ellas era realmente necesaria y que sus reivindicaciones eran reales. Bakunin concluye que “la mujer es, en el capitalismo, propiedad privada del hombre, y que mediante el matrimonio y la familia, ésta estaba reproduciendo las condiciones en las que se fundamenta el Estado” (2). Además, Bakunin consideraba al matrimonio como una institución opresora pues ponía al hombre por sobre la mujer,  que reproduce la ideología estatal y capitalista, y es la base de la existencia de la propiedad privada.

De esta forma no todos los anarquistas consideraron que la lucha de las mujeres era algo trascendental, y dejaban estos problemas siempre en el contexto doméstico y privado. Muchas mujeres anarquistas vieron la necesidad de interpelar a sus compañeros de lucha, no solo en las fábricas y en las calles, sino que también en sus propias casas y familias. Lo cual se refleja en una de las interpelaciones que realiza Lola Iturbe en el artículo “La educación social de la mujer” publicado en la revista “Tierra y Libertad” el 15 de octubre de 1935: “Todos los compañeros, tan radicales en los cafés, en los sindicatos y hasta en los grupos, suelen dejar en la puerta de su casa el ropaje de amantes de la liberación femenina y dentro se conducen con la compañera como vulgares maridos”.



lunes, 7 de marzo de 2016

NO HAY DEMOCRACIA SIN FEMINISMO

La herencia de las luchas de las mujeres contra la dominación del patriarcado contribuye a la definición del modelo socio político actual. Su discurso y estrategias frente a ese sistema machista, injusto y autoritario son fuente de las formas de resistencia y creación que hoy ponemos en práctica. Aunque encontramos experiencias de rebeldía antipatriarcal en cualquier momento histórico, desde hace más de tres siglos el feminismo, como concepto aglutinador de perspectivas, proyecta su acervo más allá de un mero movimiento social. No es una corriente, es un modo crítico de entender la realidad.

El carácter poliédrico de la lucha por los derechos y libertades de las mujeres, con distintos enfoques y puntos de incidencia, nos invita a hablar de “los feminismos” en plural. Reconocemos así una condición propositiva y trasformadora, en constante adecuación, que ha ido moldeando y consolidando otros movimientos políticos. Los feminismos han propiciado cambios que nos atraviesan como personas y como grupo, ayudándonos a superar posicionamientos meramente ideológicos y poniendo en práctica el discurso. Ofrecen una guía de cómo materializar valores como la solidaridad o la libertad en actos cotidianos.

Esta tradición intelectual nos enseña que no podemos hablar de “mujer” como sujeto homogéneo. Ser conscientes de que nuestro conocimiento y perspectiva vienen definidas por nuestro lugar en el mundo (etnia, clase social, orientación sexual, lugar de origen, edad…) nos exige ser cautelosas a la hora de estudiar esa categoría que la sociedad llama “mujer”. Este concepto, limitante e insuficiente, se instrumentaliza para hacer invisibles a las mujeres obreras, las indígenas, lesbianas, mujeres negras, a los cuerpos disidentes y a tantas otras.

Esta visión crítica de nuestro propio discurso no supone, sin embargo, renunciar a mirarnos a nosotras mismas como un colectivo oprimido. Completar nuestro conocimiento con un análisis minucioso de esa sectorización y diversidad de los feminismos nos ayudará a diseñar estrategias más trasversales. Actualizar nuestras agendas feministas con esta nueva mirada es el reto.

viernes, 10 de julio de 2015

Bolivia: Anarcofeministas protestan contra llegada de jefe del Estado del Vaticano


Vestidas de monjas embarazadas, un grupo de feministas de la organización Mujeres Creando protestó el lunes 6/7 ante la catedral de la ciudad de La Paz contra la visita del papa Bergoglio al país.

La protesta fue intervenida por efectivos de la Policía, quienes usaron la fuerza para desalojar a las activistas libertarias que condenaban el colonialismo y machismo de los jerarcas de la iglesia católica.

La misma organización puso a la venta en días pasados poleras [franelas] con consignas de rechazo a la visita del jefe religioso. En las prendas se leen frases como: “Ave María llena eres de rebeldía” y “Tu iglesia crucifica todos los días a mujeres, el feminismo las resucita”.

El papa llega el miércoles 8/7 en la tarde a la ciudad de El Alto, permaneciendo unas horas en La Paz y para luego trasladarse a Santa Cruz, donde concentrará la mayoría de sus actividades.



FUENTE: http://periodicoellibertario.blogspot.com/2015/07/bolivia-anarcofeministas-protestan.html#more

miércoles, 12 de junio de 2013

[CORTO] Vientre de mujer: la modificación patriarcal del cuerpo femenino

La sociedad patriarcal nos ataca todos los días desde el momento en que nacemos. No es casualidad que el hombre se comporte y se vea de cierta manera y las mujeres de otra. Nos han impuesto modelos de belleza que se van adaptando al tiempo y al mercado llegando a afectar de sobremanera el cuerpo de hombres y mujeres, especialmente, el de éstas ultimas.
Este mini documental habla sobre eso, acerca de la belleza, el patriarcado, del poder del vientre materno y de cómo han intentado separar a la mujer de su útero, intentando fabricar mujeres en serie sin ningún tipo de conciencia critica.

Extraído de http://imagen-pirata.blogspot.com/

domingo, 16 de septiembre de 2012

De mujeres, violencias, ejércitos y mando

No debería extrañar a nadie que nosotras, que no tenemos un vínculo intrínseco especial con el amor, la paz y la generosidad, seamos capaces de los mayores abusos de poder, tiranía y violencias. No debería sorprendernos, pero sorprende, porque se ve que aún nos creemos que de forma esencialista, nosotras somos las dulces. Cuando una mujer soldado comete una atrocidad, parece que sea todavía más grave, porque le pesa encima el no comportarse como mujer y mostrarnos continuamente que somos tan iguales en valores masculinos si nos lo proponemos: los positivos, y los negativos.

El feminismo de la igualdad, en los albores del feminismo, nos insistió en que podíamos convertirnos en eso, que podíamos ser como hombres. Y es verdad, podemos, para bien y para mal. El de la diferencia nos hizo plantearnos si eso era lo que se pretendía. Si en realidad valoramos como positivos todos los atributos que se le asignan al varón. Si en realidad no sería aconsejable, no sólo para nosotras mismas, sino para una sociedad más justa, revalorizar algunos atributos femeninos. 

Dejando de lado ciertos feminismos esencialistas, con los que no comulgo, pues se me complica conjugarlo con la crítica al binarismo sexual, entre otras cosas, no se pretende que nosotras seamos mejores. Sino que para una auténtica liberación social, no hemos de pretender cometer los mismos errores que los hombres, como colectivo, cometieron [1].

Dentro del apartado de la soldadesca, Claudio Azia, [2] nos recuerda en "El paradigma del soldado", que "Los soldados en todos los tiempos de la humanidad debían y deben ser racionales, fríos, poco afectuosos, sometedores con sus víctimas, tener capacidad de mando, dominadores y capaces de urdir planes y estrategias de supervivencia, valientes, exitosos y competitivos." Para facilitar el asunto, todos los hombres han de asumir este estereotipo, pasándose este relevo cultural a través de los siglos, manteniéndose hoy día este modelo para juzgarse hombre hecho y derecho.

Emma Goldman, en su texto El sufragio femenino, expresaba que La guerra, ese insaciable monstruo, despoja a la mujer de todo lo más querido y lo más precioso. Le arranca sus hermanos, sus amantes, sus hijos y a cambio recibe una vida de soledad y desesperación. Y aun así, la gran defensora y adoradora de la guerra es la mujer. Ella es la que infunde el amor a la conquista y el poder en sus hijos [...] es la mujer quien corona al victorioso al volver del campo de batalla. Esto se explica gracias al papel vertebrador de la mujer en la estructura social: es la mujer la encargada de los cuidados y quien debe inculcar los roles a los niños. De igual modo que son los padres obreros y sirvientes quienes inculcan a sus hijos, las futuras masas explotadas, que deben obedecer al patrón y ser buenos y obedientes, la mujer es la que educa a la niña a ser una buena esclava. Que el oprimido asuma como normal su opresión y se resigne a ella es la clave para el mantenimiento de todo orden social. Las jerarquías hacen que algunas personas dependan de otras, culpan a los dependientes por su dependencia y luego utilizan esa dependencia como justificación para el ejercicio de la autoridad[3]. De esta forma, la lucha por la liberación femenina lo que siempre ha buscado es que la mujer rompa sus propias cadenas, consciente de que esto será lo que genere la reacción en cadena en la aculturación social.

El militarismo no es algo que pueda ser ajeno al patriarcado, ni al capitalismo, y un auténtico feminismo liberador es el que derriba toda posibilidad de columna vertebral de ambos: militarismo y capitalismo: "El militarismo es inherente al patriarcado y lo refuerza cuando introduce la visión del mundo en los valores patri-militares, existiendo una relación clara entre lo aprendido en los ejércitos (a través de su estructura, normas, valores) y lo vivido en la casa, poniendo a los varones en la obligación de trazar un paralelismo para así ser legitimados. El patriarcado promueve la educación de los varones como soldados, dentro de la misma cultura, exigiéndoles el sometimiento a dicho paradigma, promoviendo y hasta avalando las diferentes faltas de respeto hacia todos aquellos que disientan con dicho sistema" [4].

La construcción de la identidad de género se construye desde la infancia, impregnando desde toda institución y relación social posible la mente de l@s adoctrinad@s, para que asuman rápido y claramente los atributos de su sexo, forjando así su género (sexo cultural). Los niños son inducidos a competir antes que compartir, para poder ser hombretones el día de mañana. Las niñas son impelidas a ser generosas, calladas, amables y dulces. Pero no debería alegrarnos que estos modelos se decontruyan meramente en pos de que las niñas también sean educadas en la competición antes que en la colaboración, en la agresión antes que en el entendimiento. En ese caso, estaremos permitiendo una debacle social.

Si bien Irene Castillo y Claudio Azia exponen que es a partir del siglo XX cuando las mujeres comienzan a formar parte importante del engranaje militar [4], lo cierto es que el séquito de mujeres que acompañaban a los hombres a la guerra parece haber sido más habitual de lo que nos permite el imaginario fílmico al respecto [5]. En cualquier caso, las mujeres apoyaron siempre en la retaguardia o acompañando a los ejércitos. Lo cual no nos convierte en mejores ni mucho menos, pero sitúa el punto de partida en un nivel diferente, ya que no es la incorporación de la mujer al ejército como una traición a su sentido esencial de "dadora de vida" al acudir al ejército cuya función esencial es, por muy "humanitario" que se pretenda, la matanza. Su sentido es otro, el error no es de las mujeres al querer entrar en el ejército, es de la sociedad entera por no querer salirse de él.

Actualmente, se produce más claramente la integración de la mujer en el marco autoritario y militar, convirtiéndolas "no sólo objeto, sino también sujeto y protagonista de la exclusión social" [6]. Mediante este proceso, una minoría de mujeres se integra en estas organizaciones de poder, asumen valores y comportamientos típicos masculinos, pasando así a ser sujetos de dominación, también de las mujeres. El militarismo admite estratégicamente a la mujer en el ejército y en estructuras de poder, pero a cambio de que sea una mujer masculinizada, de que obvie cualquier planteamiento de solidaridad no sólo con otras mujeres, sino con otros colectivos oprimidos por este autoritarismo [4]. Algo similar ocurriría con la utilización de los migrantes en ejército, que han de dejar de lado identidades y conceptos que puedan ser molestos para el planteamiento militar, así como la solidaridad con otras víctimas del imperialismo que apoyan. Teniendo que las mujeres como género están sometidas a la opresión patriarcal y a la sumisión ante los hombres, política y públicamente, muchas son las que en lugar de oponerse, aceptan ciertas prebendas con tal de subir escalones [7]. La mezquindad humana no tiene límites, y ejemplos de este tipo los encontramos en toda ocasión: ejemplos de judíos aceptando ayudar a los nazis para entregar a otros judíos, jefes de tribus indígenas vendiendo a sus jóvenes como esclavos, mil traiciones en las vísperas de huelga en fábricas y talleres, y un largo etcétera que a fuerza de repetirse no debería ni extrañarnos. Pero parece que sobretodo extraña, duele e indigna, cuando es la mujer la traidora, como si ella debiera llevar grabado más a fuego lealtad alguna a su identidad femenina, a su condición social de ser dulce y amoroso.

Pero frente a esto, no todas las feministas aplauden tontamente la entrada de la mujer al ejército, como parece insinuarse últimamente con tantas críticas "al feminismo", como si sólo existiera uno y como si hubiera hecho más por afianzar los cimientos del capitalismo y su brazo armado, que ningún otro proceso histórico de acumulación primitiva [8]. Recordemos que muchas son las organizaciones de Mujeres Feministas que se oponen a todos estos procesos de normalización del ejército, maquillaje humanitario y demás: Mujeres Objetoras de Conciencia del Paraguay, Mujeres de Negro, Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, las Viudas de Guatemala o las Madres de El Salvador y un larguísimo etcétera de representantes del feminismo pacifista y antimilitarista.

Desde el poder, se pretende despojar al feminismo (o feminismos) de todo sentido, creando un feminismo institucional no sólo descafeinado, sino claramente contraproducente [9]. Esto es porque desde el poder no se pueden aceptar unas teorías que asumidas sin tapujos comprometen las relaciones mercantiles y tambalean el capitalismo, tal y como se proclama desde los ecofeminismos y la crítica a la larga cadena del trabajo de cuidados. Esta crítica al sistema económico, pero también a su forma de estudiarlo y asumirlo, viene de la economía feminista, y es totalmente incompatible con el poder, con los mercados y con el capitalismo, precisamente porque pretende colocar la vida y las relaciones afectivas en el centro, desplazando el lugar central que ocupa el mercado, destruyendo los límites aplicables al concepto de trabajo [10, 11]. Algo inconcebible por la economía capitalista, donde no se produce lo que necesitan las personas, sino lo que produzca beneficios, y de este modo, es lo mismo producir medicinas o bombas [12]. Y sin embargo, es necesario recordar que esta perspectiva, la que incluye la necesaria y fundamental carga no remunerada para el desarrollo del capitalismo, ha sido tantas veces olvidada en los análisis críticos de la economía, empezando por el marxista. [10,11]. Pero es precisamente el discurso incompatible con el capitalismo el auténticamente anti-militarista, pues éste se mantiene a costa de la centralización financiera y control por parte del estado [13, 14]. Atacar sus cimientos, poniendo de relieve la economía femenina sumergida, las relaciones de poder entre hombres y mujeres, poner al descubierto la externalización que se produce continuamente con la satisfacción de las necesidades, la larga y global cadena de cuidados, es fundamental para acabar con el capitalismo. Negar que este tipo de relaciones desiguales tenga lugar, es potenciarlo.

Esta perspectiva, poner la vida en el centro y la satisfacción de necesidades como lo primordial, confronta claramente con la pretensión de que la liberación femenina pase por la entrada de la mujer al ejército. No porque creamos que "no podrá", no porque creamos que "no es su lugar por ser mujer", sino que "no es su lugar por ser humana". La intención cuando hablamos de liberación, es otra: queremos que las personas no ocupen ese lugar. Parafraseando a Petra Kelly (si bien no estaremos de acuerdo con muchas otras actividades de esta mujer, desde luego esta frase es relevante a lo que decimos): No debería haber ninguna mujer en el ejército. Saquemos de ahí a los hombres!.

Por lo tanto, acusar al feminismo de ser el impulsor del ejército es una de las mayores tergiversaciones posibles, precisamente porque existe una relación clara y profunda entre militarismo, degradación ambiental y sexismo [14, 15]. Ahondando en el carácter claramente patriarcal del ejército, no se puede negar tampoco la relación entre militarismo y control de natalidad. Las mujeres, como reproductoras (ya sea de la fuerza de trabajo, ya sea de la soldadesca), tenemos que ser controladas por un ente externo, que impida que decidamos sobre nuestros cuerpos, nuestros ciclos vitales y nuestras aspiraciones. Esto va íntimamente ligado a la penalización del aborto en las sociedades más militarizadas [16]. Es, pues, incompatible defender la liberación femenina (es más, la liberación humana), con la entrada en el ejército de la mujer; con el negarle el derecho al control reproductivo (que va desde el uso de anticonceptivos hasta el derecho al aborto); y aún más, con la negación de que sigue manteniéndose una profunda estructura patriarcal y misógina que sostiene el capitalismo y lo vertebra. Negar todo esto es caminar en una dirección que nos aleja del cometido real, que es el de una sociedad más justa, donde lo principal sea la satisfacción de necesidades de las personas, donde la mujer no sea el único eje que soporta los trabajos de cuidados, sino que estos sean el fundamento social, compartido entre tod@s. Sino, a lo más que aspiramos es o a un capitalismo de Estado, siendo explotados en una economía productivista dirigida por "camaradas revolucionarios", o a una sociedad eco-machista, donde perduren relaciones de poder y sea la mujer la que permanece maniatada en sus aspiraciones propias por el "deber femenino de cuidar de los demás", que ni es tan histórico ni tan natural. El cuidado de las personas se repartía y realizaba de la comunidad para la comunidad y el apoyo mutuo entre todos sus miembros es a lo que debemos aspirar, sin relaciones de poder, por la satisfacción de las necesidades de los individuos, desde lo social, en libertad y armonía. Puede que en el proceso de librarnos de la dominación de padres y maridos hayamos caído en las brasas de la dominación del mercado. Pero la solución nunca será volver atrás, al fuego anterior. Sólo queda seguir caminando por la liberación de todas y todos.

Tomado de:

lunes, 25 de junio de 2012

El Retorno de la Mística de la Femineidad

El conocido título de Betty Friedan hace referencia a la imagen de lo “esencialmente femenino”, que tanto se menciona en las revistas para mujeres, la publicidad y los libros de autoayuda. Se trata de es una horma moral, fabricada tras la Segunda Guerra Mundial y que pretende que todas las mujeres asuman como propia. Y que por cierto, tiene consecuencias muy negativas en la salud de las mujeres, como la propia Betty señala.

Es este un intento de devolver a las mujeres al hogar, exaltando sus cualidades como madres y amas de casa, que surge en un contexto determinado, después de haberlas animado con campañas publicitarias sobre la “nueva mujer” a cubrir los puestos de trabajo de los hombres que marcharon al a guerra. Esta mística ha calado hondo y ha limitado nuestra forma de percibir las relaciones de género, llevando incluso a ajustar las investigaciones a esa idea. Por ejemplo, Desmond Morris, en su obra “El mono desnudo”, publicado en la década de los 70, más que investigar, intenta encontrar las pruebas biológicas que ajusten en su modelo mental: familia nuclear, hombre cazador y mujer en la cueva con los retoños. Y desde luego, consigue “ajustarla” a esa idea, que en realidad viene a ser la consabida excusa del modelo que describe un hogar como aquel donde el hombre trabaja para conseguir el sustento y la mujer se queda “protegida” en casa y cuidando de los niños y el hogar.

Más tarde múltiples investigaciones han dejado claro que este modelo es falso [1] y que la familia nuclear procede de la Europa decimonónica [2]. No sólo existen tribus donde las mujeres también cazan, sino que las labores adjudicadas a hombres y mujeres varían enormemente de una sociedad a otra, siendo el significado cultural de “ser mujer” también variable. Por no mencionar que la recolección realizada en muchas tribus por mujeres también ha resultado ser para esencial la economía del grupo. El problema en realidad es que es un modelo creado por la burguesía, donde el marido consigue dinero para mantener a la familia y la mujer no sólo no trabaja, sino que tampoco debe ser ama de casa porque tiene sirvientes en el hogar. El modelo se convierte en inalcanzable para la clase obrera, ya que el sueldo que recibía el trabajador no era suficiente para mantener una familia. Pero la clave aquí está en que creyeron que debían aspirar a ese modelo.

Y sin embargo, seguimos rodeadas de ese halo, y no nos libramos ni desde sectores libertarios [3]. Desde el marxismo, ideología tampoco exenta de carga patriarcal por otra parte, ya se proponía que es el capitalismo el que nos ha entregado a las fauces del mundo laboral, lugar de explotación del hombre, pero aún menos apropiado para la mujer [4].

Esto es cierto y falso a la vez. Es cierto en lo que respecta a que el capitalismo ha impulsado la proletarización del mundo: alejados de los medios de producción, normalmente las tierras de cultivo, se vende la propia fuerza de trabajo, como ya quedara aclarado en El Capital, de Karl Marx. Pero es falso en lo que respecta a concebir el trabajo asalariado como aquél que sólo se da fuera de las puertas del hogar. Y en esta ocasión ni siquiera me refiero a los cuidados, tarea tan esencial para el mantenimiento del sistema capitalista [5]. Se puede ser trabajadora asalariada sin acudir a una fábrica o taller. De hecho, esta es una realidad laboral subestimada para millones de mujeres en el mundo. De hecho, en los albores del anarcosindicalismo, tampoco se prestó atención a organizar a las mujeres que trabajaban por encargo, o en el servicio doméstico, aduciendo que eran demasiado difíciles de organizar [6]. En cualquier caso, este modelo de trabajo asalariado, que claramente afectaba a las mujeres, fue obviado e invisibilizado.

Se trata del trabajo a domicilio que realizan por ejemplo las tejedoras de la India. Reciben en su hogar el material de trabajo y al cabo del tiempo estipulado, se pasa a recoger el producto de su trabajo. Esto redunda en pingües beneficios para el empresario que se vale de ellas (porque queda ridículo decir que las contrata): por un lado, no debe invertir en gastos de medios de producción, ya que son las propias trabajadoras las que los aportan, en forma de telares, máquinas de coser, etcétera; la atomización de las mujeres que trabajan de esta forma les dificulta la articulación de protestas por sus condiciones laborales, al no saberse cuántas son, exactamente quienes, etc. Son explotadas y además se desconoce su explotación, ya que no forman sindicatos, no se agrupan, y socialmente no se valora ni se reconoce esta labor. De hecho, desarticula el discurso tradicional, al disponer ellas mismas de los medios de producción. Pero sugerir que tienen el estatus de pequeñas empresarias o autoempleadas es un insulto a la inteligencia. 

Y sin embargo, desde algunas filas del anarquismo se pretende que la crítica al capitalismo encaje con la mística de la feminidad [7]. Olvidando que ese “volver a los hogares” nunca fue del todo real, y menos para las clases trabajadoras, ni tampoco deseable, por que limita aún más la independencia económica de las mujeres. En Cataluña antes de 1900, donde el feminismo no había tenido oportunidad casi de aparecer, un 40-45% de trabajadores del textil eran mujeres [6]. Es decir, ya eran trabajadoras asalariadas. En este sentido, muchos sindicatos a mediados del s. XIX protestaban por conseguir un “salario familiar”, intentando copiar el modelo de familia nuclear de la clase burguesa, donde el hombre mantuviera con un solo sueldo a sí mismo, esposa e hijos [2]. Pero esto ha redundado, además de en que se conciba la familia nuclear como la natural y deseable, en una excusa para dar menor salario a la mujer ya que ella, supuestamente, no tiene que soportar la carga de la familia y lo hace para gastar ese dinero en caprichos banales; su salario puede ser menor [8].

Marvin Harris sugiere que el capitalismo fue el que nos sacó de casa al mundo laboral, o al menos en Norteamérica [9]. Sin embargo, las necesidades del capitalismo se pueden satisfacer de múltiples maneras y parece que la del trabajo asalariado y atomizado dese los hogares era realmente ventajosa para el empresario. Por lo tanto, Harris cae en el error de poner en el cambio económico todo el peso del cambio social. Sin embargo, esta es sólo una de las condiciones, necesaria pero no suficiente. Muchos otros factores son necesarios para que se dé este acceso de la mujer al mercado laboral fuera del hogar, como por ejemplo nivel de industrialización, oportunidades de educación, valores culturales relativos a la conducta femenina, roles sexuales, posición jurídica de la mujer, edad de matrimonio, etc. [2]. Pero el análisis clásico de la antropología marxista, al que pertenece Harris, también es esclavo de su propio marco cognitivo: no son ni trabajadoras asalariadas al uso ni amas de casa, por eso escapa a su posible análisis.

Lo cierto es que las luchas feministas tuvieron mucho que ver en el acceso al mercado laboral público, al cambiar ante todo los valores culturales y los roles de género, así como la posición jurídica de la mujer. Pero también es cierto que esto fue especialmente relevante para la mujer blanca de clase media, ya que otras identidades y tipologías no fueron abordadas desde esos feminismos primigenios (feminismo negro, feminismo de clase obrera, etc) [10]. De otro modo, no se explica por qué el capitalismo adopta formas sociales y de relaciones de género tan diversas a lo largo y ancho del planeta [1, 2]. Las soluciones para el capitalismo no son únicas. Echarnos la culpa a las mujeres de apoyarlo con nuestra salida al mundo laboral público, responde más a mecanismos patriarcales asentados en lo más hondo de nuestro cerebro: sí hombre, encima el desarrollo del capitalismo va a ser culpa nuestra!. Asimismo, el anarquismo también hizo interesantes críticas y aportaciones al feminismo, sobretodo añadiéndole la perspectiva de la lucha de clases, críticas y análisis del poder, etc. [6]. En cualquier caso, este acceso al mundo laboral era también una de las premisas fundamentales de Mujeres Libres, que lo entendían como elemento fundamental de la emancipación femenina, permitiéndoles ser y sentirse miembros productivos de la sociedad, y por el que pedían "igual salario a igual trabajo" [11].

Pero además, es el patriarcado el que consigue que muchos empresarios prefieran para sus fábricas y talleres a las mujeres: ellas están acostumbradas a la dominación y son educadas en la sumisión, por lo tanto, serán menos proclives a alianzas laborales contra el empresario y responderán mejor a su disciplina. Amén de que resulta más barata al ser considerada como menos válida que el hombre [12]. En general, el trabajo femenino se concibe como inferior simple y llanamente porque es realizado por mujeres y así la trabajadora lleva ese estatus inferior contagiándoselo al puesto de trabajo [13].


Aun así, también existen buenos ejemplos de lo contrario a la "típica docilidad femenina": en 1918 se produjo lo que se conoce (aunque poco, probablemente por sesgo sexista), la "guerra de las mujeres de Barcelona". De un lado, las huelgas generales surgidas en talleres y fábricas, y del otro, esta guerra de mujeres surgida desde los barrios con fines comunitarios, debido a la escasez que se vivía tras la I Guerra Mundial [6]. Estas mujeres instaron a las obreras a la huelga, requisaron víveres en tiendas de alimentación, y se manifestaron en mercados y plazas públicas, protestaron por los alquileres, el empleo y un largo etcétera. En total, estas revueltas duraron 6 semanas, y empresarios y funcionarios se sintieron atemorizados por la radicalidad y tenacidad de las mujeres que en ella participaron [14]. Así como el importante papel que jugaron en la Semana Trágica, según Lola Iturbe [6]. Este momento histórico ha sido poco conocido, inclusive desde la propia historia de las revueltas sociales españolas, y sin embargo las mujeres, de forma casi espontánea, se levantaron bajo premisas bastante libertarias: unión solidaria, acción directa y autogestión. Por no mencionar el impulso que tuvo de las mujeres la Revolución Rusa de 1917 [15]. Y sin embargo, machaconamente desde algunas filas nos persiguen con "el gen conservador de la mujer". Pero aunque los sindicatos no fueran a organizar a todas esas mujeres, porque sus características laborales no se correspondían con el concepto clásico y con clara perspectiva masculina de trabajador asalariado, ellas se organizaron. Y entre las que acudían a centros de trabajo, muchas son las que participaron en numerosas huelgas del textil (Sabadell 1910, La Constancia de 1913, Reus 1915, Barcelona 1916), y 

aunque las reuniones para tratar lo referente a la huelga eran presididas por hombres, la participación de las mujeres consiguió que esa huelga saliera de los centros de trabajo, recorriendo barrios populares y plazas. Conocidas fueron también las huelgas de alquileres en aquella época en varios países de Europa y Norteamérica. Así que debería ser la hora de desterrar de nuestro imaginario la figura de "mujer como ente contrarrevolucionario". [16]

Nadie sugiere que el trabajo asalariado nos haga libres. Pero el trabajo asalariado no se da sólo en lo público, y eso es algo que nuestra venda en los ojos nos impedía ver. Y la alternativa que nos espera no puede ser en ningún caso volver bajo el dominio de nuestro padre o marido. Para muchas mujeres casadas trabajar fuera del hogar es la forma de aumentar su independencia económica y social frente a su marido [17]. Y desde luego, la esposa de un anarquista que dependiera económicamente de éste no estaba en mejores condiciones, como dejaron claro Lucía Sánchez Saornil, Mercedes Comaposada y demás Mujeres Libres [18].

Es decir, que ese intento de devolver a la mujer a su papel de amante esposa y madre, beneficia como siempre a los de siempre. Y desde el anarquismo ya Mujeres Libres plantearon una buena y fundamentada crítica hacia el capitalismo y el patriarcado, sin tener que caer en feminismos burgueses, pero tampoco en mistificaciones patriarcales obreristas. Igual basta con desempolvar sus escritos.

Tomado de:
http://www.alasbarricadas.org/noticias/node/21275