
Lo que ocurre en Baltimore es sólo el más reciente capítulo de la violencia
racista que caracteriza a buena parte de las corporaciones policiales del país
vecino y que, en meses y años recientes, ha desembocado en homicidios que, por
regla general, permanecen impunes. Como se resumió en este mismo espacio el 9
de abril, sólo durante el año pasado hubo en diversos estados una decena de
homicidios policiales, cuyas víctimas fueron siete negros y tres mexicanos. El
caso más destacado por los medios y por las secuelas de confrontaciones
violentas fue el asesinato de Michael Brown, de Ferguson, Missouri, ocurrido en
agosto.
En todos los casos los asesinados se encontraban desarmados y no representaban
una amenaza relevante para sus homicidas, y por norma las corporaciones de
seguridad pública, cuando no las autoridades municipales y estatales, buscaron
encubrir y proteger a los asesinos. Es imposible, por lo demás, ignorar el
patrón racista y clasista que ha operado en todos los casos.
La exasperación de las comunidades negras se ha traducido en posteriores
estallidos de violencia e incluso en agresiones a agentes policiales. Sin
embargo, a pesar de la evidente crisis de derechos humanos por la que atraviesa
Estados Unidos, ni su presidente –el primer afroestadunidense en el cargo– ni
su clase política parecen cobrar conciencia de la gravedad de la circunstancia.
En esta violencia estructural de los cuerpos policiales contra los sectores más
pobres confluyen factores culturales, jurídicos, sociales y económicos que
deberán ser enfrentados y erradicados más temprano que tarde. De otra manera se
corre el riesgo de que los brotes de violencia, hasta ahora aislados, se
generalicen y desemboquen en escenarios de ingobernabilidad. Bien harían los
gobernantes y legisladores del país vecino en ocuparse más de lo que ocurre en
su propia casa y pontificar menos sobre los fallos de las garantías
individuales en otros países.
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